domingo, 21 de enero de 2018

CARTA DE UN HOMBRE TRANS AL ANTIGUO RÉGIMEN SEXUAL por PAUL B. PRECIADO

Paul B. Preciado. Imágen:Wikimedia Commons

Traducción de Mayte Cantero-Sánchez
Publicado original en Libération el 16 de enero del 2018
En reacción al polémico artículo por “le Monde” Paul B. Preciado denuncia la estética grotesca de la heterosexualidad que mantiene a los hombres en la posición de agresores y a las mujeres en la de víctimas.
Señoras, señores, y les otres,
En medio del fuego cruzado que rodea el tema del acoso sexual, querría tomar la palabra como contrabandista entre dos mundos, el de “los hombres y el de las mujeres” (estos dos mundos podrían perfectamente no existir pero hay quien se esfuerza en mantenerlos separados por una especie de muro de Berlín del género) para traeros noticias desde la posición de objeto encontrado[1] o más bien de sujeto perdido durante el trayecto.
No hablo aquí en tanto que hombre perteneciente a la clase dominante, esos a los que se les ha asignado el género masculino al nacer, y que por tanto han sido educados como miembros de la clase gobernante, esos a quienes se les ha concedido el derecho o más bien que exigen (y esta es una clave de análisis interesante) ejercer la soberanía masculina. Tampoco hablo ya como mujer, puesto que he decidido voluntaria e intencionadamente abandonar esta forma de encarnación política y social. Me expreso aquí como hombre trans. Asimismo no pretendo, de ninguna manera, representar ningún colectivo. No hablo ni puedo hablar como heterosexual, ni como homosexual, si bien conozco y habito ambas posiciones, ya que cuando alguien es trans estas categorías se vuelven obsoletas. Hablo como tránsfuga de género, como fugitivo de la sexualidad, como disidente (a veces torpe, puesto que me faltan códigos preestablecidos) del régimen de la diferencia sexual. Como autocobaya de la política sexual que realiza la experiencia, aún no tematizada, de vivir de cada lado del muro y quien, a fuerza de tener que pasarlo cada  día comienza a estar harto, señores y señoras, de la rigidez recalcitrante de los códigos y de los deseos que impone el régimen heteropatriarcal. Déjenme decirles que, desde el otro lado del muro, la cosa es bastante peor de lo que mi experiencia como mujer lesbiana me permitía imaginar. Desde que vivo como-si-fuera-un-hombre en el mundo de los hombres (consciente de encarnar una ficción política), he podido verificar que la clase dominante (masculina y heterosexual) no abandonará sus privilegios porque enviemos un montón de tweets o provoquemos algunos gritos. Debido a la conmoción causada por la revolución sexual y anticolonial del siglo pasado, los heteropatriarcas se han embarcado en un proyecto de contrarreforma, al cual se suman ahora las voces femeninas que anhelan continuar siendo importunadas-molestadas. Esta será la guerra de los mil años, la guerra más larga, sabiendo que afecta a las políticas de reproducción y a los procesos a través de los  cuales un cuerpo humano se constituye en tanto que sujeto soberano. De hecho, será la guerra más importante, puesto que lo que está en juego no es el territorio o la ciudad sino el cuerpo, el placer y la vida.
Lo que caracteriza la posición de hombres en nuestras sociedades tecnopatriarcales y heterocentradas es que la soberanía masculina se define por el uso legítimo de técnicas de violencia (contra las mujeres, contra los niños, contra los hombres no blancos, contra los animales, contra el planeta en su conjunto). Podríamos decir, leyendo a Weber con Butler, que la masculinidad es a la sociedad lo que el Estado es a la nación: el detentor y el usuario legítimo de la violencia. Esta violencia se expresa socialmente bajo la forma de la dominación, económicamente bajo la forma de los privilegios, sexualmente bajo la forma de la agresión y de la violación. En contraposición, la soberanía femenina está relacionada con  la capacidad engendradora de las mujeres. Las mujeres están sexual y socialmente sometidas. Únicamente las madres son soberanas. En el seno de este régimen, la masculinidad se define necropolíticamente (por el derecho de los hombres a dar la muerte) mientras que la feminidad se define biopolíticamente (por la obligación de las mujeres a dar la vida). Se podría decir que la heterosexualidad necropolítica es algo así como la utopía de la erotización del apareamiento entre Robocop y Alien, diciéndose que, con un poco de suerte, uno de los dos gozará.
La heterosexualidad, tal y como Wittig lo demuestra, no es únicamente un régimen de gobierno: es también una política del deseo. La especificidad de este régimen es que se da como un proceso de seducción y de dependencia romántica entre agentes sexuales “libres. Las posiciones de Robocop y de Alien no se escogen individualmente ni son conscientes. La heterosexualidad necropolítica es una práctica de gobierno que no es impuesta por los que gobiernan (los hombres) a las que gobiernan (las mujeres) sino más bien una epistemología que fija las definiciones y las posiciones respectivas a los hombres y las mujeres mediante una regulación interna. Esta práctica de gobierno no adquiere la forma de una ley, sino de una norma no escrita, una transacción de gestos y de códigos que surte el efecto de establecer una división de lo que se puede y no se puede hacer en la práctica de la sexualidad. Esta forma de servidumbre sexual se apoya en una estética de la seducción, una estilización del deseo y una dominación históricamente construida y codificada erotizando la diferencia del poder y perpetuándola. Esta política del deseo es la que mantiene el antiguo régimen sexo/género con vida, pese a todos los procesos legales de democratización y de empoderamiento de las mujeres. Este régimen heterosexual necropolítico es tan degradante y destructor como lo era el vasallaje y la esclavitud en la época de la Ilustración.
El proceso de denuncia y visibilización de la violencia que vivimos forma parte de una revolución sexual tan imparable como lenta y sinuosa. El feminismo queer ha situado la transformación epistemológica como la condición de posibilidad del cambio social. Se trata de cuestionar la epistemología binaria y la naturalización de los géneros al afirmar que existe una multiplicidad irreductible de sexos, de género y de sexualidades. En la actualidad comprendemos que la transformación libidinal es tan importante como la transformación epistemológica: hay que modificar el deseo. Hay que aprender a desear la libertad sexual.
Durante años, la cultura queer ha sido un laboratorio de creación de nuevas estéticas de sexualidades disidentes, frente a las técnicas de subjetivación y a los deseos de heterosexualidad necropolítica hegemónica. Somos muches les que hemos abandonado hace tiempo la estética de la sexualidad Robocop-Alien. Hemos aprendido de las culturas butch-fems y BDSM, con Joan Nestle, Pat Califia y Gayle Rubin, con Annie Sprinkle y Beth Stephens, con Guillaume Dustan y Virginie Despentes, que la sexualidad es un teatro político en el que el deseo, y no la anatomía, escribe el guion. En esta ficción teatral de la sexualidad es posible desear lamer suelas del zapato, ser penetrade por todos los orificios o cazar a le amante en un bosque como si fuera una presa sexual. Sin embargo, dos elementos diferenciales separan la estética queer de la heteronorma del antiguo régimen: el consentimiento y la no-naturalización de las posiciones sexuales y la equivalencia de los cuerpos y la redistribución del poder.
Como hombre trans, me desidentifico de la masculinidad dominante y de su definición necropolítica. Lo más urgente no es defender lo que somos (hombres o mujeres) sino rechazarlo, no identificarnos con la coerción política que nos fuerza a desear la norma y reproducirla. Nuestra praxis política es desobedecer las normas de género y sexualidad. He sido lesbiana la mayor parte de mi vida, después trans durante estos últimos cinco años y estoy tan lejos de vuestra estética de la heterosexualidad como un monje budista levitando en Lhasa lo está de un supermercado Carrefour. Vuestra estética del antiguo régimen sexual no me hace gozar. No me excita eso de importunara alguien, sea quien sea. No me interesa salir de mi miseria sexual metiendo mi mano en el culo de una mujer en el transporte público. No siento ningún tipo de deseo por el kitsch erótico-sexual que proponen: chavales que aprovechan su posición de poder para echar un polvo y tocar culos. La estética grotesca y asesina de la heterosexualidad necropolítica me da asco. Una estética que re-naturaliza las diferencias sexuales y sitúa a los hombres en la posición del agresor y las mujeres en la de víctima (dolorosamente agradecida o alegremente importunada). Si es posible afirmar que en la cultura queer y trans follamos más y mejor es parcialmente porque hemos sacado la sexualidad del dominio de la producción, y sobre todo porque nos hemos liberado de la dominación del género. No digo que la cultura queer y transfeminista escape a toda forma de violencia. No hay sexualidad sin sombras. No obstante, no es necesario que la sombra (la desigualdad y la violencia) predomine y determine toda la sexualidad.
Representantes del Antiguo Régimen Sexual, arréglenselas con su parte de sombra and have fun with it, y déjennos enterrar nuestras muertas. Gocen de su estética de la dominación, pero no intenten hacer de ese estilo una ley. Y déjennos follar con nuestra propia política del deseo, sin hombre y sin mujer, sin pene y sin vagina, sin hacha y sin fusil.